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The Jefferson Bottles: una venganza vintage The Jefferson Bottles: una venganza vintage

Esta es la historia de la botella de vino más cara jamás vendida en una subasta. En ella comparten protagonismo un supuesto Lafite de 1787, un presidente de los Estados Unidos, grandes y multimillonarios coleccionistas de vinos raros, la familia Forbes, la casa de subasta’s Christies, el FBI y personajes con biografías tintadas de claroscuros.

Por Cèlia Rodríguez, 27 dic 2023 6 minutos de lectura

The Jefferson Bottles es probablemente la estafa de vino más importante de la historia pero también el relato de cuánto una persona está dispuesta a pagar por el anhelo de botellas que son un auténtica rareza. Tan raras, de hecho, que causarían dudas la mayoría de los comunes. Sin embargo, grandes expertos de vino los avalaron. ¿Cómo llegó a suceder?

Todo empezó un 5 de diciembre de 1985, en Londres, cuando la casa Christie’s sacó a subasta una misteriosa botella: de vidrio soplado de color verde oscuro y tapada con un grueso sello de cera negra. No tenía etiqueta, pero en el vidrio estaban grabados a mano el año 1787, la palabra "Lafitte" y las letras "Th.J.".

La botella procedía de una colección de vinos que, al parecer, había sido descubierta detrás de la pared tapiada de una bodega en un antiguo edificio de París. Los vinos llevaban los nombres de los mejores viñedos: además de Lafitte (ahora se escribe "Lafite"), había botellas de Châteaux d'YquemMoutonMargaux y las iniciales "Th.J.". 

Según el catálogo de la subasta, las pruebas sugerían que el vino había pertenecido a Thomas Jefferson, quien había sido ministro de Estados Unidos en Francia entre 1785 y el estallido de la Revolución Francesa, y que había desarrollado una fascinación por el vino francés que siguió cultivando a su regreso a Estados Unidos.  

¿Quién compró la botella más cara del mundo?

La subasta se inició a las 14:00 horas. Pocos minutos, apareció el flamante comprador: Cristopher Forbes, hijo de Malcom Forbes y vicepresidente de la prestigiosa revista Forbes. Pagó, por la botella, 105.000 libras, mostrándose verdaderamente orgulloso de su adquisición: “Es más divertido que los anteojos de ópera que Lincoln sostenía cuando le dispararon", declaró Forbes. Y añadió: "Y también los tenemos".

Lógicamente, la subasta despertó el interés de rigurosos coleccionistas de vinos, quienes, posteriormente, adquirieron otras botellas de la misma colección. Entre ellos, el editor de Wine Spectator —Marvin R. Shanken—; un misterioso hombre de negocios de Oriente Medio y, finalmente, el magnate y coleccionista americano Bill Koch, quien adquirió cuatro botellas Jefferson entre noviembre y diciembre de 1988: un Branne Mouton de 1787, un Branne Mouton 1784, un Lafitte 1784 y un Lafitte 1787. 

¿Cómo fue posible que Christie’s subastara una botella fraudulenta?

En el desarrollo de esta historia fue crucial el papel de Michael Broadbent —máximo responsable de la sección de vinos de Christie’s por aquel entonces y Master of Wine—, quien, tras consultar a los expertos en vidrio de la casa de subastas, confirmaron que tanto la botella como el grabado eran de estilo francés del siglo XVIII. Además de examinar el material histórico pertinente, Broadbent había probado otras dos botellas de la colección, asegurando que un Yquem de 1784 del mismo lote "era perfecto en todos los sentidos: color, aroma, sabor". 

Sin embargo, tal y como saldría a la luz más adelante, la Fundación Thomas Jefferson  —situada en la residencia presidencial de Monticello, Charlottesville (Virginia)— había puesto en duda la autenticidad de las botellas ya por aquel entonces… ¿Cómo pudo ser que un experto de talla mundial pudiese avalar una botella que nacía desde la sombra de la sospecha? Broadbent avaló la autenticidad de las botellas a partir de la información que tenía y en un momento donde no había tanta trazabilidad de las botellas de grandes vinos: si su aval contenía alguna sombra de sospecha, es algo que jamás se podrá confirmar o desmentir. 

¿Cómo se inició la investigación de las botellas Jefferson?

Fue Bill Koch, coleccionista “compulsivo” de de grandes vinos y de arte (en su colección figuran obras de Picasso, Renoir, Dalí, Botero…),  quien en 2005  empezó a rastrear la procedencia de las cuatro botellas a raíz de que el Museo de Bellas Artes de Boston —que iba a organizar una exposición de su colección privada, que incluía cuadros de Monet y Degas además de las botellas Jefferson—, le pidiera pruebas de la autenticidad de las botellas.

Por entonces, los fraudes en la industria del vino eran apenas conocidos y, además, gran parte del negocio de los vinos finos se llevaba a cabo en intercambios extraoficiales, sin vínculo directo con el château: por tanto, era difícil determinar quién puso en circulación una determinada botella de vino.

Las primeras pesquisas de Koch fueron espoleadas por la Fundación Thomas Jefferson, que en su primer contacto le confirmaron sus serias dudas sobre que las botellas hubieran pertenecido alguna vez a Thomas Jefferson: jamás había aparecido ninguna referencia a esas botellas en sus registros ni correspondencias personales a pesar de que la fundación llevó a cabo un meticuloso registro de la documentación. 

De hecho, la Fundación ya se había pronunciado públicamente con anterioridad sobre estas dudas, alegando que “el libro de cuentas diario de Jefferson, prácticamente todas sus cartas, sus extractos bancarios y varios formularios internos de aduanas francesas se conservan para este periodo y no mencionan ninguna las botellas de 1787”.

Por ello, cuando Koch obtuvo como respuesta fundados interrogantes sobre la veracidad de las botellas, éste se enojó enormemente y envió emisarios a la Chicago Wine Company y a Farr Vintners —sus proveedores de las botellas Jefferson—, un movimiento que lo puso sobre la pista del presunto estafador y vendedor original de las botellas Jefferson a Christie’s, la Chicago Wine Company y a Farr Vintners: un extravagante coleccionista de vinos alemán llamado Hardy Rodenstock.  

Rodenstock: un enigmático y embaucador personaje 

Nacido como Meinhard Goerke, Rodenstock era un antiguo editor musical que dirigió actos pop alemanes en los años setenta. Era avispado y todo un showman; tenía residencias en Múnich, Burdeos y Montecarlo, y se rumoreaba que formaba parte de la acaudalada familia Rodenstock, que fabricaba gafas de alta gama. Él sostenía que había empezado como un simple profesor y que había hecho una fortuna en bolsa. Pero lo cierto es que su biografía tenía más oscuros que claros. 

Aunque una cosa sí era cierta: amaba el vino —o más bien estaba obsesionado con él— y se convirtió en su profesión. Sus vinos favoritos eran los del siglo XIX . 

En la década de los 80 celebró fastuosas catas de vino, eventos que duraban un fin de semana y a los que asistían minoristas, diversos dignatarios y celebridades alemanas y afamados críticos de vino (Parker fue a una de ellas, aunque no se mostró en la época muy solícito con el personaje). 

En sus catas, Rodenstock abría decenas de vinos antiguos y raros, todos ellos proporcionados a sus expensas, y los servía en copas "Rodenstock" hechas a medida y suministradas por su amigo el vidriero Georg Riedel. Cuando servía vinos añejos, prohibía escupir: “No se escupe la historia”, decía Rodenstock, “os la bebéis”.

¿Cómo aparecieron las botellas Jefferson?

Según cuenta el artículo de The New Yorker, en la primavera de 1985, Rodenstock recibió una llamada sobre un interesante hallazgo en París, donde alguien se había encontrado con unas polvorientas botellas inscritas con las iniciales Th.J. Una verdadera lotería que le reportaría grandes beneficios aun siendo un descubrimiento un tato inverosímil desde sus inicios.

Tras este episodio, Rodenstock se hizo famoso como intrépido cazador de los vinos más raros, pero la semilla de las dudas sobre sus hallazgos empezó a crecer. Por ejemplo, después de que Rodenstock sirviera imperiales de Petrus de 1934, 1928, 1926, 1924 y 1921, Christian Moueix, cuya familia posee la propiedad, declaró a Wine Spectator: "Cuesta creer que [esas botellas] hayan existido", a lo que Rodenstock rebatió: "Que un château no tenga registros para verificar esas botellas raras no significa que no existan" —la mayoría de bodegas de los siglos XVIII y XIX no llevaban registros meticulosos en esa época—.

Entonces, ¿cómo es que logró colocar botellas que difícilmente eran creíbles? La cruda realidad es que los amantes del vino querían que fueran reales: la idea de poder degustar un vino que había vivido más de un siglo era seductora. Daba igual que Rodenstock jamás hubiera revelado quién había encontrado las botellas, ni la dirección exacta en París ni el número de botellas encontradas, ni las dudas iniciales de la Fundación Jefferson, la gente: la gente simplemente quiso creerle, y algunos críticos también.

Sin ir más lejos, Michael Broadbent: no solo organizó la subasta de la primera botella Laffite en 1985, sino que centenares de sus notas de catas escritas a lo largo de su carrera fueron de botellas propiciadas por Rodenstock. ¿Cómo admitir un fraude cuando una importante parte de tu fama profesional se basa en ellos?

Investigaciones que no cerraron todos los interrogantes

Mientras, las investigaciones iniciadas por Bill Koch en 2005 seguían su curso, dando con un anterior casero de Rodenstock que afirmó haber descubierto una colección de botellas vacías y una pila de etiquetas de vino aparentemente nuevas en el apartamento donde el presunto estafador había vivido.

Se acumularon las pruebas y el curso legal siguió varios años, costándole a Koch la nada desdeñable cifra de más de 35 millones de dólares. Pero el caso finalmente prescribió, y Rodenstock —que murió en mayo 2018— se llevó a la tumba el secreto de quién le reveló la existencia de las botellas, si es alguna vez existió tal revelación. 

A pesar de no haber podido condenar en firme a Rodenstock, el caso sentó un precedente en lo que a transparencia y autenticidad de los fine wines.

Por el camino, solo en la colección de Koch aparecieron una muestra significativa de botellas sospechosas o evidentemente falsas: tras examinarlas, en algunos casos, la botella, la etiqueta y la cápsula parecían auténticas, pero la rareza del vino por sí sola era motivo de sospecha. 

Por ejemplo, Koch poseía entonces dos magnums de Lafleur de 1947, la gran añada de este vino. Sin embargo, en 1947 el château sólo embotelló cinco magnums. ¿Qué probabilidades hay de tener dos de esas cinco botellas? Sin contemplar que, además, de acuerdo al seguimiento que hicieron los investigadores de Koch, diecinueve magnums de Lafleur del 47 se han vendido en subasta desde 1998.

Otra de las botellas problemáticas en la colección de Bill Koch fue un Petrus Magnum de 1921 al que Parker había puntuado con 100 puntos en una de las catas de Rodenstock, y que el propio Parker calificó como “fuera de este universo”. Koch había adquirido esta botella en 2005 en una subasta del minorista neoyorquino Zachys, por 33.000 dólares.

Los investigadores de Koch llevaron la botella personalmente a la propiedad de Petrus, en Saint-Émilion, para que certificaran la botella. Allí, el personal de Petrus llegó a la conclusión de que el corcho de la botella no tenía la longitud correcta y que el tapón y la etiqueta parecían haber sido envejecidos artificialmente. Asimismo, el jefe de bodega afirmó no haber oído hablar de un magnum de Petrus de 1921 y que no creía que se hubiera embotellado ninguno en esa añada.

¿Cómo alguien como Parker pudo puntuar con 100 puntos un vino eminentemente falso? Quizá fue la falsa ilusión de estar bebiendo historia o quizá el vino era una pericia dentro de la falsedad… El caso es que incluso Parker sucumbió a los engaños de Rodenstock.

La magia de las botellas de vino antiguas

¿Por qué es difícil atrapar un fraude en vino? Muchos coleccionistas esperan años en abrir una botella de vino, si es que alguna vez llegan a abrirla. 

También se da el caso de que a menudo, entre quienes pueden costearse botellas de alto valor, no es raro que no tengan la audacia sensorial suficiente para distinguir un vino fraudulento: muchas son las botellas de vino falsas que se deben haber bebido alegremente a lo largo de la historia. 

A ello se añade la dificultad para datar con pruebas científicas la edad de una botella. En el caso de las botellas de Jefferson, hubo pruebas que revelaron que los vinos eran posteriores a 1962 y otras que decían lo contrario. Tampoco las pruebas del isótopo radiactivo cesio 137 —que pueden encontrar esta partícula en botellas que sean posteriores a 1943 coincidiendo con las primeras emisiones a la atmósfera de partículas atómicas—, pudieron determinar si la botella era del siglo XVIII, XIX o de los primeros compases del XX.

Por desgracia, no son pocas las botellas de grandes vinos que han resultado ser una estafa, incluso cuando han sido expertos los que —influenciados por sus propias presunciones— han abrazado la falsa verosimilitud de las botellas. 

Al final, y en cierto modo es lógico, se impone una especie de pacto de silencio auspiciado por el deseo de creer que estamos bebiendo historia, o porque si se descubre finalmente que las botellas son fraudulentas pierden automáticamente su valor. La ilusión de creer y el lógico temor de perder están por encima de una magia, la de las botellas antiguas, que por suerte cuenta con mayores garantías y mucha mejor trazabilidad que hace unas décadas. 

Un caso que se convirtió en un bestseller

En ocasiones, la realidad supera la ficción. En The Billionaire's Vinegar: El misterio de la botella de vino más cara del mundo, el periodista y escritor Benjamin Wallace tomó la historia de las botellas de Jefferson para construir un mural narrativo, escrito con pericia y elegancia, sobre la codicia y las motivaciones humanas que se esconden tras una gran estafa. En parte novela policíaca y en parte historia del vino, se trata de un relato jugoso, incluso para quienes no se interesan por el fruto de la vid. La historia estuvo incluso a punto de ser llevada a la gran pantalla en una película protagonizada por Matthew McConaughey; sin embargo, el proyecto no llegó a ver la luz.

Nota: para escribir este artículo, se ha recabado información del artículo The Jefferson Bottles, publicado por The New Yorker por Patrick Radden Keefe; 'Jefferson Bottles' lawsuit thrown out, publicado por Decanter por Howard G. Goldberg; Billionaire spends $35M to investigate $400K wine fraud, publicado por CBS News.

 

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Cèlia Rodríguez
Cèlia Rodríguez

Responsable de Comunicación en Insolity. Trabajando en el cada día sorprendente sector del vino y los destilados desde 2008. 

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